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Lord of the Mysteries · Capítulo 1341

Capítulo 1332: Ayudar al prójimo es un placer

17 de enero de 2020 · 4 min de lectura · 851 palabras

Matar no era cosa nueva para ; al oírlo, no se sobresaltó en absoluto y, con bastante serenidad, dejó pasar la mirada por encima de la mujer junto a la puerta y la dirigió al interior del cuarto.

En seguida vio a un hombre tendido en el suelo, y vio que el pecho era una mancha bermeja.

—¿Está usted segura de que está muerto? —preguntó Wendel con calma.

La señorita, de unos veintitantos años, primero quedó perpleja, luego respondió con menos seguridad:

—Debería… no sé…

—Si aún hay salvación, hay que llevarlo al hospital ahora mismo. —El tono de Wendel era como el de quien habla a un familiar del paciente, no a una asesina.

La dama, que sostenía la daga goteante, se hizo de costado por reflejo y le abrió paso.

Wendel dio unos pasos y se acercó a la víctima.

No tuvo necesidad de agacharse; un simple barrido con los ojos le bastó para sacar, de los muchos indicios, una conclusión:

—En efecto, ya ha fallecido.

La mujer de unos veintitantos años, su largo cabello color lino algo desgreñado, no mostró cambio alguno notorio en el rostro; bajó la vista hacia las puntas de sus propios pies y dijo:

—Llame usted a la policía.

—¿Cómo he de llamarla? —Wendel oía ya unos pasos apresurados subiendo por la escalera.

Era evidente que se trataba del criado o del posadero, que, oídos los gritos, subía a ver qué pasaba.

… —respondió en voz baja la señorita, en la que se daban a la vez lo silvestre y lo cándido.

Acto seguido se sumió en su propio mundo y no pronunció ya una palabra más.

Wendel estaba a punto de decir algo cuando el posadero que poco antes le había hecho el registro de entrada llegó precipitadamente a la puerta.

—¡Diosa mía! —exclamó sin poder contenerse aquel anciano, viendo ya con claridad lo que ocurría en el cuarto.

Wendel bajó la mano derecha, indicándole calma, y dijo:

—Vaya enseguida a llamar a la policía; yo me ocupo de aquí.

Había en su porte y en sus palabras algo que inspiraba confianza y disponía a obedecer; el posadero no replicó ni una palabra, dio media vuelta y bajó corriendo.

Para Wendel, acercarse en un principio a ver lo que pasaba había sido tan sólo costumbre de caballero; no tenía, en realidad, intención alguna de meterse a fondo en el asunto, pues lo cierto es que llevaba a cuestas una misión. Pero la actitud de la señorita Tracy — perdida, ausente, forzosamente fría — le inspiró cierto sentimiento de piedad. Era la reacción normal de un hombre.

Echó una mirada en torno y, como si hablase con el aire, dijo:

—No siempre se castiga el matar con pena grave; hay muchos supuestos distintos.

Tracy alzó lentamente la cabeza y dirigió los ojos hacia aquel señor.

En su mirada en apariencia muerta y desorientada brillaba ya algo difícil de nombrar.

Wendel echó un vistazo a su rostro amoratado:

—¿La golpeó?

—Sí. —En él parecía haber cierta autoridad: Tracy, que había querido callar, terminó por contestar.

Wendel bajó los ojos hasta el puñal, que ya no goteaba sangre:

—¿Lo trajo usted aquí, o él?

Tracy contestó con leve retraso en su reacción:

—Él.

Wendel asintió ligeramente:

—La legítima defensa se ajusta a la ley; puedo testimoniar a la policía que, antes, ustedes mantenían una violenta discusión y que llegaron a las manos. Es obvio que en ese terreno el hombre tiene una ventaja natural. No discrimino a la mujer; la ciencia y la experiencia nos lo dicen igualmente.

Hizo una pausa y preguntó:

—¿Qué relación había exactamente entre ustedes y qué fue lo que sucedió?

Los ojos de Tracy se animaron un instante; salió un poco de aquel estado de honda clausura, sustraída de la realidad.

Como quien responde a las preguntas de un señor agente, con un asomo de esperanza y de tristeza en la mirada, dijo:

—Yo soy, je, soy su amante.

Llegada aquí, asomó al rostro de Tracy una sonrisa de auto-burla:

—Fui en su día una mujer fea que persiguió el dinero hasta perder el juicio; al poco de salir de la escuela de gramática, seducida por él, me convertí en su amante.

Me dio un hostal, me hizo vivir allí y, cada semana, esperar su llegada o su llamada.

Esta vida me fue perdiendo poco a poco el interés; me sentía cada vez más oprimida y avergonzada de mí misma; quería devolverle todo, librarme por completo de él, pero él no consentía: me amenazaba de mil maneras, no me dejaba marchar; nuestros últimos encuentros se nos iban discutiendo.

Hace nada me ha dicho que la única manera de dejarlo era la muerte; entonces me golpeó y sacó el puñal; lo demás, lo demás ya lo sabe usted…

Amante… —Wendel echó una mirada al rostro de Tracy, con pesar y lástima:

—Las huellas en la escena confirman, en líneas generales, esa sucesión de hechos.

Había supuesto, en un primer momento, que Tracy y el muerto eran marido y mujer; jamás imaginó que la relación fuera más miserable aún.

Tracy asintió impasible:

—Gracias.

Fin del capítulo 1341