En la «Ciudad de la Generosidad», Bayam, dentro de un cuarto alquilado iluminado por un aplique a gas.
Verdú Abraham, de gafas con montura dorada, sostenía un grueso fajo de documentos y, a aquella luz no demasiado intensa, leía con atención, marcando de tanto en tanto un signo con la pluma para registrar lo que podría servir.
Había abandonado Loen y venido al Archipiélago de Rorsted con el fin principal de eludir las miradas de Dorian y demás miembros de la familia y poder estudiar el ocultismo en paz, en busca de un medio eficaz para rescatar al antepasado
Pero habían pasado más de seis meses y seguía sin tener pista alguna; al parecer, salvo cazar a los Tramposos, a los Parásitos y a los Hechiceros, no había otra opción.
Esto desanimaba mucho a Verdú; y, sin embargo, sabía con sobria lucidez cuán peligrosos son los objetos sellados de «Nivel 0»: aun cuando estuviese dispuesto al sacrificio, le sería imposible dominarlos verdaderamente, y no podía garantizar cuál sería el desenlace.
Más importante aún, no podía dar siquiera con los Tramposos ni con los Parásitos: ambos santos célebres por la furtividad de sus pasos y por el carácter extravagante de su estilo.
Aaah… Verdú dejó el fajo en sus manos y se dijo, casi sin sonido:
—¿Acaso no me queda sino, como Dorian y los demás, depositar mis esperanzas en aquel «Loco»?
Pensando en el «Loco», Verdú no pudo evitar fruncir el ceño, pues dentro de la ciudad de Bayam los semi-gigantes que propagaban la fe del «Loco» eran cada vez más; tantos, que incluso él, que apenas salía, había oído hablar de ello.
Aquello le hacía sospechar que había ido a parar a las inmediaciones de la sede de la Iglesia del «Loco».
De no haber sido por el hecho de que los saberes ocultos que circulan en secreto por el Archipiélago de Rorsted superan por mucho lo que Verdú esperaba, y de que gran parte de ellos eran útiles a más no poder y ni siquiera la familia Abraham los conocía, hacía un mes que habría abandonado Bayam para dirigirse al Continente del Sur.
—No puedo seguir aquí: cuanto antes, sacaré pasaje a Balam Oriental… —Apenas había Verdú tomado la decisión en su fuero interno, le sobrevino un asomo de vacilación—: Ni Dorian ni la Iglesia del «Loco» se imaginarían que estoy oculto en la mismísima zona de influencia de su sede; el Emperador Roselle decía que el lugar más peligroso es también el más seguro…
En medio de la vacilación, Verdú guardó los documentos, apagó el aplique y, valiéndose de la luz de la luna que entraba por la ventana, se dirigió al dormitorio.
En un rincón del balcón de su habitación brotó de pronto de la oscuridad una sombra que saltó por encima de la baranda.
Aquella sombra era como una pluma, ligera, sin peso; al caer al suelo desde más de diez metros, no produjo el menor ruido.
Acto seguido, la sombra se deslizó por las zonas más oscuras de la calle hasta las cercanías de la Iglesia del Dios del Mar, y subió al campanario.
Allí, «él» sacó papel y pluma, redactó a toda prisa el informe de la vigilancia de aquella noche, y lo encajó en cierta hendidura.
Cuando aquella sombra se hubo marchado, aproximadamente un cuarto de hora después, el ulular del viento se alzó de súbito en el campanario.
El informe fue extraído de la hendidura por una mano invisible y, con el gran viento que pasaba por allí, voló a lo lejos, subiendo y bajando — como un murciélago que extendiese las alas en la noche.
Poco después, el informe se precipitó, como si le hubiesen atado una piedra, hacia una palma que sobresalía de un rincón oscuro del jardín.
Esa mano pertenecía al Cardenal de la Iglesia de la Tormenta,
Desplegó al instante el informe y, en la penumbra nocturna, lo leyó con detenimiento, sin que la escasez de luz le supusiera estorbo alguno.
—incluso en las profundidades sin luz del mar, Alger veía con claridad cuanto le rodeaba.
«La intención de Verdú de salir de Bayam se va perfilando…» Alger asintió de modo apenas perceptible y sacó en su interior la conclusión.
En estos más de seis meses, conforme a las indicaciones del señor «Loco», había mantenido bajo vigilancia a aquel miembro de la familia Abraham, sin advertir, en él, conducta especialmente anómala.
Cuando Verdú dejase el Archipiélago de Rorsted, la misión podría darse por cumplida.
Pero Alger no quería que aquello acabase así; consideraba que aún no había aportado lo suficiente, que sólo, de la manera más simple, había mantenido vigilado a un Secuencia 7 nada particular.
—la «Ermitaña» ya había obtenido, de manos de la «Reina de los Misterios», una característica sobrenatural de Secuencia 3 y reunido todos los materiales auxiliares correspondientes, y se hallaba ocupada preparando el rito. Esto le suponía a Alger no poca presión psicológica. Es claro que, aparte de vigilar a Verdú, había hecho asimismo no pocas cosas conforme al designio del señor «Loco»; pero incluso él mismo sentía que aún distaba bastante de la identidad, jerarquía divina y poder de un «Dios del Mar».
Hubo un instante en que a Alger se le pasó por la cabeza forzar de modo indirecto, por diversos medios, a Verdú Abraham, para que se delatase él mismo; pero al cabo desistió, pues no podía determinar si la disposición del señor «Loco» hacia aquel objetivo era benevolente o malévola.
—antes, cuando la Ciudad de Plata y la Ciudad de la Luna pusieron en venta características sobrenaturales y fórmulas de pociones, Alger había adquirido algunas en el Club del Tarot, a fin de cultivar, fuera de la Iglesia de la Tormenta, un destacamento de sobrenaturales sólo leales a él, ocultos en las tinieblas; el personal que vigilaba a Verdú procedía de ahí.
En la actualidad este equipo, de no llegar a diez miembros, era en su mayor parte de Secuencia 9, con sólo unos pocos ascendidos a Secuencia 8.
En cuanto al origen del dinero con que Alger compraba características sobrenaturales y fórmulas de pociones, la respuesta era sencilla:
Como Cardenal a cargo de una diócesis, Alger podía «ahorrarse» sin esfuerzo alguno una suma para sí; y durante aquel período, las minas, plantaciones, fincas de especias y fábricas del Archipiélago de Rorsted se vendían a precios inferiores a su propio valor — quienquiera con poder de comprarlos podía, al cabo de un tiempo, lograr una gran ganancia.
Aún más importante: la sede central de la Iglesia de la Tormenta tenía no poco interés en las características sobrenaturales y las fórmulas que vendían la Ciudad de Plata y la Ciudad de la Luna, y aportó un cuantioso capital para su compra. Cuanto al gestor, era, sin asomo de duda, el Cardenal de la diócesis de Rorsted, Alger Wilson; y en procesos semejantes ciertas mermas son inevitables y comprensibles.
Recogiendo sus pensamientos, Alger resolvió hacer vender a sus Guardianes de la Sombra ciertos saberes ocultos entre algunos círculos de sobrenaturales de Bayam, para enganchar a Verdú Abraham y demorar su marcha cuanto pudiera.
«La razón principal está en que el proselitismo de la Ciudad de Plata ha asustado a aquel señor…», se dijo Alger meneando la cabeza.