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Lord of the Mysteries · Capítulo 1322

Capítulo 1313: La Máquina Automática de Pedir Deseos

17 de enero de 2020 · 6 min de lectura · 1108 palabras

Condado de Entremar, ciudad de Limón.

se envolvió la cara con la bufanda y salió por la puerta del edificio donde vivía.

Había oído que ya había comenzado el Carnaval de Limón del año, y quería ir a echar un vistazo a la Plaza del Ayuntamiento.

El año pasado por estas fechas, a causa de la guerra, no se celebró el carnaval, lo que decepcionó mucho a Jasmine; después, sufrió el mayor trauma de su vida, y desde entonces se había estado escondiendo en casa, sin atreverse ni desear salir.

Quizás por haberse encerrado demasiado tiempo y por verse circunscrita siempre a un espacio doméstico tan estrecho, últimamente a Jasmine le daba siempre por salir a la calle, por andar de un sitio a otro, como antes.

Al volver los ojos, se vio a sí misma, tal como estaba ahora, reflejada en el gran escaparate de una tienda al borde de la calle:

De negro de los pies a la cabeza, sin la menor pizca de otro color; vestido largo que le llegaba al tobillo; el velillo del sombrero le tapaba casi todo el rostro; del borde inferior de los ojos hasta el cuello, una bufanda enrollada en varias capas; en cada mano, un guante tejido a punto.

Aquello no se parecía en nada a la Jasmine alegre y vivaracha que ella recordaba.

En la guerra precedente, un obús había destruido la casa que Jasmine y sus padres habían tenido y había desatado un incendio que le quemó el rostro y le dejó el cuerpo cubierto de heridas.

De no haber tenido suficiente suerte, Jasmine habría muerto hacía tiempo de tan graves lesiones; pese a todo, ella sentía que su vida había sido segada en aquel mismísimo instante.

Ahora, la nariz se le había quemado, sólo le quedaban dos agujeros negruzcos; en la cara, el cuello y las manos llevaba no pocas señales dejadas por las llamas. Caminando de noche, podría haber pasado perfectamente por un demonio.

Una cosa que Jasmine recordaba muy bien era que, la primera noche tras mudarse a aquella casa de pisos, después de asearse en el lavadero comunitario antes de acostarse, en cuanto cruzó la puerta vio venir hacia ella a un muchacho — y aquel muchacho también la vio.

Bajo el carmín de la luna, el rostro del joven se contrajo en una expresión de absoluto pavor, como si en cualquier momento fuese a dar un brinco, dar la vuelta y echar a correr.

Al final logró dominarse y sólo se apartó unos pasos al lado, sin atreverse ya a mirar el rostro de Jasmine.

Aquello le atravesó a Jasmine su frágil ánimo; desde ese día no volvió a salir, y si tenía que asearse, esperaba a las altas horas, cuando ya no había alma alguna.

En este punto, en su corazón estaba sumamente agradecida a sus padres, pues ellos no le dijeron nada y se esforzaron por mantener la vida cotidiana, sosteniendo a la familia con los ahorros previos y el trabajo que encontraron después, lo justo para que Jasmine no tuviese que salir a buscarse un sueldo.

Tras andar un buen trecho, Jasmine divisó el escenario principal del carnaval — la Plaza del Ayuntamiento de Limón.

El bullicio de cabezas, el desahogo de toda clase de emociones, la atmósfera ferviente, le hicieron, sin querer, detener el paso.

No se atrevía a acercarse, temerosa de que la gente reparase en su atavío extraño, temerosa de que, con un descuido, la bufanda se le deslizara.

Tras unos segundos de vacilación, se detuvo por completo; halló al pie de la calle un sitio limpio, se sentó y se quedó mirando, absorta, la Plaza del Ayuntamiento.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando se dio cuenta de que ya había alguien junto a ella.

Era un joven vestido con una larga túnica negra y un alto sombrero de copa — como un mago salido de un circo.

La Plaza del Ayuntamiento está allí… — Jasmine quiso advertírselo, pero, tras un par de movimientos de labios, no llegó a abrir la boca.

No se atrevía, ni quería, hablar con nadie.

Sin embargo, aquel joven se acercó por propia iniciativa, se quitó el sombrero y, con una leve inclinación, dijo:

—Señorita, ¿sabe usted para qué sirve esta máquina?

¿Máquina? — Jasmine levantó la cabeza por reflejo y, algo desorientada, siguió la mirada del joven hacia un lado.

Bajo la farola de gas, no sabía desde cuándo, estaba erguida allí una máquina parecida a un armario estrecho.

Su superficie era de color latón, con varios cristales encajados que no tenían transparencia alguna; engranajes, cojinetes, remaches, tubos metálicos y demás piezas quedaban a la vista, dándole un aspecto muy tosco.

Jasmine retiró la mirada y movió la cabeza para indicar que no sabía para qué servía aquella máquina.

Al mismo tiempo, así expresaba su intención de no conversar.

—Se llama «Máquina Automática de Pedir Deseos». —El joven la presentó con una sonrisa—. Es invención mía: puede realizar de modo automático los deseos del operador. Ah, se me olvidaba presentarme: me llamo Merlín , prestidigitador errante.

«Máquina Automática de Pedir Deseos»… Jasmine descubrió que entendía cada palabra una a una, pero no atinaba a unirlas.

—Puede probarla; como primera usuaria, gratis —dijo con una sonrisa Klein, encarnado en Merlín Hermes.

Jasmine negó con la cabeza, rechazando conversar.

Klein no se desanimó en absoluto; le echó una mirada y dijo:

—Por ejemplo, podría pedir como deseo volver a ser la de antes.

Aquella frase fue como una flecha aguda clavada en el corazón de Jasmine; sobresaltada, se puso en pie, retrocedió con prisa y trató de irse.

Sospechó que él ya había visto su aspecto actual.

—Si no lo prueba, ¿cómo va a saber que el deseo no se cumple? Y no se le pide a usted que pague nada —dijo Klein mirándole la espalda, hablando ni deprisa ni despacio.

El paso de Jasmine se fue ralentizando, y al cabo se detuvo del todo.

Si pudiera volver a ser como antes, aun a costa de mucho dinero, estaba dispuesta a perseguirlo.

Pero ella sabía que el deseo que llevaba en lo más íntimo no se podía cumplir con dinero.

Sin pagar nada… probar gratis… ¿y si se cumple?… — los pensamientos en la cabeza de Jasmine subían y bajaban; como tentada por un demonio, fue dándose la vuelta lentamente.

—¿De veras? —preguntó con voz ronca.

Klein señaló la máquina:

—Yo puedo apartarme diez metros; lo único que ha de hacer usted es accionar la palanca de la máquina.

—No tiene por qué quitarse el sombrero ni la bufanda.

Esta última frase conmovió a Jasmine. Asintió con rapidez:

—Está bien.

Fin del capítulo 1322