Cada uno de los miles de Amones hizo su «robo».
Con semejante número, salvo que la suerte les fallara del todo, era inevitable que algunos lo lograran; y aquel pegote de poción del «Loco» se hallaba, en ese momento, sin dueño — robarlo no presentaba dificultad alguna.
Mientras «robaban», los Amones soltaron también un cierto sello sobre sí mismos, dejando que las características sobrenaturales de las vías del «Aprendiz» y del «Ladrón» mostraran su poder de agregación.
Eso era muy eficaz contra la poción del «Loco»: elevaba al máximo la tasa de éxito de los «robos» de los Amones.
Y, sin embargo, todos los Amones fracasaron al fin.
Pues en el «Libro de Bronce de
—¡En este lugar no se permite acto de robo alguno!
Antes, para hacer frente al «Señor de los Misterios» que resurgía, los Amones habían debilitado todos los sellos del lugar y ayudado al «Libro de Bronce de Trunsoest» a sacudirse «la Bufonada», de modo que, en ciclos repetidos, pudiese — con un margen limitado — fijar reglas con vigor breve; ahora aquello mismo se volvía contra Ellos.
Aprovechando el instante, la marca fantasmal en la frente de Klein se hizo cada vez más nítida.
Alrededor de él, una fina niebla gris-blanca se entretejía en un sutil «capullo».
Klein avivó con todas sus fuerzas la «Fortaleza del Origen» y, en concierto con su propia característica del «Sirviente del Misterio», produjo un efecto agregador inmensamente fuerte sobre la poción del «Loco».
Aquella masa de líquido negro, sin forma fija, como una bestia que tras largo hambre divisa al fin alimento, se lanzó al instante sobre Klein.
Se estiraba y mudaba sin cesar, como una hoja semitransparente de piel humana, y envolvió a Klein por completo.
Bajo aquella capa de líquido sobresalía el rostro de Klein: rasgos ora nítidos, ora difusos, ora retorcidos, ora en blanco.
En la Tierra Abandonada por los Dioses, bajo la enorme figura de luz en que se había transformado el antiguo Dios del Sol, sobre la superficie del mar irreal que abarca todos los colores y todas las posibilidades, otra línea de texto en la más antigua de las lenguas tomó forma a toda velocidad:
—El esfuerzo de Antígono por ascender al «Loco» ha, por diversos motivos, fracasado al fin.
Aquella Existencia, otrora soberana del planeta, no usaba el nombre de «
Si el sujeto fuese el primero, Klein habría podido pasarlo por alto: ¿qué tiene que ver el fracaso de ascensión de Klein Moretti con que Antígono se convierta en el «Loco»?
Pero, una vez que el sujeto pasó a ser Antígono, aquella oración — mitad profecía, mitad decreto, mitad resultado-fijado-de-antemano-y-causas-aducidas-después — tornaba la situación grave:
si Klein no renunciaba a la identidad y al destino de Antígono, las palabras lo ataban;
si renunciaba a ellos, las características sobrenaturales de Secuencia 9 a Secuencia 1 dentro de él dejaban de «pertenecerle» en verdad: nunca las había digerido — eran las que había gobernado Antígono, hoy ajenas a Klein Moretti, que sólo las había tragado a la fuerza.
En tal estado, incluso si se hicieran a un lado los demás factores, sólo las características no digeridas, con altísima probabilidad, harían a Klein perder el control allí mismo — y tomar la poción del «Loco» y completar el rito de ascensión en tal condición no deja la menor posibilidad de éxito.
Mientras el antiguo Dios del Sol grababa esas palabras, el «Sol Eternamente Llameante», el «Señor de las Tormentas» y el «Dios del Saber y de la Sabiduría» en el firmamento estelar percibieron algo, y cada uno desató su más feroz contraataque, intentando trastornar su acción.
Pero, aun destinando la mayor parte de su esfuerzo a contener a esos tres dioses verdaderos, aun pareciendo no poco esforzado, el antiguo Dios del Sol completó velozmente la línea.
Sin embargo, la gran figura de luz en que se había transformado se volvió notoriamente más tenue — al parecer, ya no podría sostenerla mucho tiempo.
En el firmamento estelar, dentro del antiguo palacio a la deriva.
La pelea de la «Madre Tierra» y el «Dios del Vapor y la Maquinaria» con la «Bruja Primordial» y el «Sabio Oculto» volvió a recrudecerse; aun así, los dos primeros podían distraer cierto sobrante de fuerzas, ejerciendo presión sobre los clones de Amón para impedirles arruinar el rito de ascensión de Klein.
A los Amones se les obligaba a «destellar» de un lado a otro; aun así, parte se transformaba en plantas — florecían, daban fruto y regresaban a la tierra; parte se colapsaba en letras impresas en libros ilusorios.
Aparte de esto, una gran parte de ellos reforzaba los sellos y limitaba al «Libro de Bronce de Trunsoest» para que las reglas que fijaba no surtieran efecto o lo hicieran sólo por un instante.
Bajo esta triple presión, aun con su número, los Amones parecían algo insuficientes.
A pesar de todo, una pequeña parte aprovechó la ocasión: en sus monóculos pulidos en cristal y en marcas-anillo análogas se reflejó, dentro de cada uno, la figura de Klein.
Al segundo siguiente, esos monóculos y esas marcas-anillo emitieron una luz pura.
No era «robo», sino devolución.
Los Amones eligieron precisamente este momento para devolver a Klein aquello que en otro tiempo le habían «robado».
¡Eran las ganas de suicidarse de Klein!
Cuando Klein fue capturado por Amón y llevado a la Tierra Abandonada por los Dioses, quiso muchas veces matarse sin lograrlo — el otro le había «robado» tales pensamientos.
En el momento crítico de la ascensión, si tal pensamiento le sobreviniese, el resultado es de imaginar.
En ese mismísimo instante, Klein, fuertemente envuelto por la poción del «Loco», hallaba sus pensamientos vueltos caóticos y dispersos; sentía la piel extremadamente fría; el líquido viscoso, gota a gota, le penetraba.
Entonces le vino el pensamiento de suicidarse; el de darse por vencido.
Era un cambio que Klein no había previsto en absoluto. Había olvidado hacía tiempo que Amón le había «robado» las ideas de suicidio, y no se imaginaba que el otro, en vez de tirarlas a la ligera, las habría guardado con cuidado.
En otra ocasión, en otro momento, semejante impulso — por intenso que fuese — Klein habría podido contrarrestarlo, mediante su propio autocontrol, oprimiéndolo y aguardando a que se disipase por sí solo, como con cualquier mala idea.
Pero ahora, en plena ceremonia de ascensión, bajo el influjo de la poción, perdida la estabilidad mental, no había modo eficaz de contener la pulsión suicida.
Los Amones siempre tienen toda suerte de métodos extravagantes pero altamente eficaces.
Por suerte, Klein no era ya sólo Klein, sino también Antígono.
¿Qué tenía que ver con Antígono que Klein Moretti quisiese morir?
Apoyándose en la cognición que esta identidad le brindaba, Klein no se rindió de inmediato ni acabó con su vida. Atrajo desde sí la impronta espiritual de Antígono, la mezcló con la idea de suicidio, y a duras penas las aplastó a ambas.
Bajo tal equilibrio, su espíritu y su cuerpo seguían siendo erosionados por la poción del «Loco».
Sus pensamientos, como cuando ascendió a «Sirviente del Misterio», volvieron a expandirse por completo.
Mas, esta vez, no se fundió con el Mundo del Espíritu, sino que siguieron extendiéndose, como un gas que abraza todo el planeta, todo el Mundo del Espíritu y parte del firmamento estelar.
En ese instante, Klein se sintió dentro de los creyentes, dentro de cada ser humano, dentro de cada animal, dentro de cada cosa viviente.
Todo tiene divinidad en sí.
Al mismo tiempo, se hallaba disperso en las nieblas de la historia, disperso en el tiempo que se va, disperso en el río de aguas luminosas que fluye apaciblemente con sus muchas riberas.
Era uno, y también el miríada.
Tal experiencia, en plano divino, fue limando aún más los pensamientos de Klein; al parecer, sólo le quedaba la frialdad indiferente que contempla todas las cosas desde arriba.