En el firmamento estelar — más abstracto aún que el Mundo del Espíritu, que parece abarcar todas las prerrogativas y todos los símbolos del universo entero — se presentaban todas las cosas, y la luz que iluminaba aquel lugar no se distribuía por partes iguales: se concentraba sobre todo en unos cuantos sitios, en los que se sobreponía capa sobre capa, entrelazándose como en gruesos prismas.
Tales manchas eran tres; cada una sellaba un país ilusorio distinto.
Aquellos países: uno estaba sembrado de flores resplandecientes y de cielo perpetuamente claro; otro semejaba estar formado de libros, ya abiertos, ya cerrados, entre los cuales se cruzaban figuras diversas, hallando su gozo en la lectura; otro era un mar sin fin cubierto de vendavales y tormentas, con relámpagos y truenos que jamás cesaban.
Un segundo después, en los tres países diferentes se produjeron, al mismo tiempo, mudanzas violentas.
Donde el cielo había permanecido siempre claro, todas las flores emitieron luz, como si se convirtiesen, todas a una, en pequeños soles, encendidos.
Aquellos incontables pequeños soles se entrelazaron y se arrojaron, todos juntos, al deslumbrante sol dorado que se alzaba a toda velocidad desde lo hondo del país, haciendo que diese un resplandor abrasador, capaz de iluminar un mundo entero, una galaxia entera.
Mas, por mucha energía que aquel sol, próximo a lo real, derramase, por muchas llamas de temperatura extrema que crease, no podía atravesar la mancha de luz semejante a un grueso prisma.
Si destruía una capa, otra nacía, a no menor velocidad.
En otro punto del firmamento, sobre la superficie de aquel maravilloso país formado por libros, sobre el mismo tipo de mancha de luz, puntitos de leve brillo de latón se movían veloces, trazando un signo misterioso tras otro, como buscando los puntos clave estructurales o el medio eficaz con que, de un solo golpe, destruir la barrera.
En ese proceso, el resplandor formó un par de ojos ilusorios — ojos que veían directamente los puntos débiles y los creaban.
Y dentro de la mancha de luz, otros destellos análogos se movían también, reconstruyéndose una y otra vez, alterando los puntos clave estructurales.
Aquello hacía que ambos parecieran disputarse, calculo a calculo, la supremacía; y por el momento no se podía decir quién vencería.
En las profundidades de aquel mar sin fin envuelto en relámpagos, vendavales y tempestades, un punto de luz brilló de pronto.
Llevando consigo una parte de materia, se acercó al límite de la velocidad y creó así «olas» violentas capaces de destruir un planeta.
Tales «olas», junto con aquel punto de luz, batieron una tras otra la mancha de luz semejante a un grueso prisma, hasta hacerle desprender incontables esquirlas de brillo.
En algún momento, dentro de la mancha de luz se extendió un océano ilusorio que parecía contener todos los colores y todas las posibilidades; al parecer, trajo consigo una rigidez del entorno, y el punto de luz, portador de la tormenta, se hizo, sin remedio, mucho más lento; entonces volvió a acelerarse, a frenar, a acelerarse, a frenar, repitiéndolo sin tregua, sin querer rendirse.
Tomando el «Mar del Caos» como fuente y, como pilares, a sí mismo y al «Verdadero Creador», habiendo «soñado» tres unicidades e incorporándolas a este sistema, Adán parecía haber trascendido el límite de la Secuencia, hecho ya medio Antiguo; con sólo su propia fuerza había sometido al «Sol Eternamente Llameante», al «Señor de las Tormentas» y al «Dios del Saber y de la Sabiduría», ¡atrapando a estos tres dioses verdaderos de Secuencia 0 dentro de sus propios reinos divinos!
En aquel instante, parecía haber vuelto al estado de su apogeo, transformado de nuevo en aquel antiguo Dios del Sol que daba caza a un Dios Antiguo tras otro.
Tomó como base de su renacer las dos vías del «Soñador» y del «Colgado»; aparte de las peculiaridades de resurrección que cada una de ellas posee, era porque ése era el camino que había investigado y el que tenía la mayor probabilidad de devenir en «Dios»:
Hacerse dios verdadero por una de esas dos vías — el «Soñador» o el «Colgado» — y, controlado ya, en sus comienzos, el «Mar del Caos», recuperar sucesivamente las unicidades restantes y las características sobrenaturales de Secuencia 1, era el camino relativamente más fácil y de menor riesgo para ascender a «Señor del Firmamento Estelar».
Y en esto, el «Soñador» tenía un rasgo singular más sobre el «Colgado».
Cuando el «Soñador» comenzaba a dirigir el «Mar del Caos» y, en cierta medida, había acogido una segunda unicidad y la característica sobrenatural de Secuencia 1 correspondiente, podía, apoyándose en el «soñar», materializar los símbolos y prerrogativas restantes — los falsos — y obtener, en breve tiempo, un nivel que trascendía la Secuencia, contando con la fuerza de medio Antiguo.
No obstante, al final de la Tercera Era, el plan del antiguo Dios del Sol era el siguiente: tras ser «asesinado», resucitar de inmediato en presencia de
Una vez montado tal sistema, el antiguo Dios del Sol se valdría de la capacidad de «pastoreo» del «Colgado» y de los medios del «Soñador» para escindir personalidades virtuales, a fin de dirigir las unicidades de las vías del «Sol», del «Lector» y del «Marino» y una ración de cada una de sus características de Secuencia 1, acercándose en jerarquía y fuerza, indefinidamente, a un Antiguo, manteniendo a la vez la estabilidad mínima.
No subsumía directamente el «Mar del Caos» ni acogía las unicidades y características de Secuencia 1 de las otras tres vías, porque no quería, en aquella era, ascender a Antiguo y devenir Pilar; ello traería forzosamente el despertar de «Dios» y le haría perderse a sí mismo.
Pretendía controlar la situación y los materiales y, ya cerca del apocalipsis, completar los últimos pasos y devenir, de un golpe, un Pilar con autoconciencia.
Si entonces no se preparó a tomar al «Soñador» como piedra fundamental, fue porque no había podido conseguir la «Pluma de Alesuhod», faltándole un material principal; sólo cuando los Reyes de los Ángeles le traicionaron, su plan cayó miserablemente, y resucitó en el cuerpo de Adán, decidió aprovechar la oportunidad que esa misma desgracia le brindaba para tomar el mejor de los caminos.
En aquel mismísimo momento, Adán, transformado en una vasta figura de luz y sombra, se erguía sobre las aguas del caos, aún negras; reflejaba el firmamento estelar en sus ojos y hacía que los tres grandes dioses verdaderos no pudieran romper la limitación.
A su alrededor, rayo tras rayo, arrastrando colas de fuego, caían desde lo alto, iluminando toda la Tierra Abandonada por los Dioses, de modo que los continentes del Sur y del Norte se encontraron a la vez en el blanco mediodía.
Dentro del campanario sobreviviente de Bayam, Amón, sentado sobre la barandilla, se ajustó el monóculo de cristal pulido, se apoyó con ambas manos y, en un único impulso, saltó — directo al firmamento estelar.
En ese impulso, en su mano izquierda apareció, no se supo cuándo, una antigua y desgastada tabla de piedra.
¡La primera «Tabla de la Blasfemia»!