La Tierra Abandonada por Dios, ya entrada la noche, cuando la frecuencia de los rayos había bajado muchísimo.
—Dos rebanadas de pan blanco con una porción de carne asada entre ellas no están nada mal… Esa bebida agridulce, especialidad del Mar de la Niebla, es mejor de lo que pensaba… —Tras tragar el último bocado, Klein elogió la comida de corazón y, de paso, arrojó los envoltorios a la oscuridad de alrededor; en cualquier caso, aquí no existía ningún concepto de protección del medio ambiente ni había cubo de basura.
Por descontado, había cortado de antemano el vínculo entre tales cosas y él mismo, igual que ahora, cada vez que descartaba una marioneta secreta, iba al «Fortaleza del Origen» a hacerse una «desinfección», no fuera el avatar de Amón a fijar por ahí su paradero.
—Mmm, los objetos inanimados no pasan a estado oculto por la oscuridad de este lugar… —Klein alzó la lámpara de queroseno que Daniz le había sacrificado e iluminó lo que acababa de arrojar.
Resuelto el asunto del hambre y la sed, sólo entonces tuvo el ánimo de probar ciertas cosas cuyo nivel de peligro ya había previsto por adivinación.
En el vaivén de la luz amarillenta, la mano derecha de Klein se proyectó hacia adelante y arrancó del aire a otro él mismo.
Era él dentro de los resquicios de la historia, sosteniendo también un farol.
Al instante siguiente, Klein se internó en la bruma blanco-grisácea y dejó que su conciencia «despertara» dentro de la proyección por él convocada.
Esa proyección, escoltada por filas y filas de monstruos y envuelta en una oscuridad sin fin, abrió la boca dispuesta a pronunciar el nombre Amanesis: —…
No pudo emitir sonido alguno; aquello que quería decir parecía haber sido «ocultado».
—En efecto, tal como sospechaba. —Klein, con un sombrero de copa de seda no demasiado alto y una gabardina negra hasta la rodilla, soltó pausadamente el aire.
Tras mirar la lámpara que daba aquella luz amarillenta, recitó de pronto, en voz grave, en lengua gigante: —¡Leodoro!
Aún no se había apagado del todo su voz cuando más de cien rayos, como atendiendo a la convocatoria, cayeron retorciéndose y entrelazándose, cubriendo en un instante toda la zona.
Klein ni tiempo tuvo de esquivar; incluso tras cambiar de posición con la marioneta secreta seguía dentro del radio del ataque.
Bajo un enorme resplandor blanco-plateado, cayó al suelo en el acto; el cuerpo, ennegrecido, se sacudía con violencia, como si se hubiera vuelto un enorme pedazo de carbón.
Después, su figura se desintegró rápidamente y se desvaneció como un espejismo.
Klein, con sombrero de copa verdadero, con gabardina al gusto de Intis y un farol sencillo, «regresó» al instante a la realidad y prosiguió su marcha como si nada hubiera ocurrido.
Tras un trecho de marcha, su silueta se desdibujó y se volvió a nítida.
Acto seguido, Klein volvió a abrir la boca y pronunció en lengua gigante otro nombre: —Au…
Apenas había emitido la sílaba inicial cuando un fuego transparente brotó de su interior; en un instante quedó reducido a cenizas, sin tiempo siquiera de cambiarse con la marioneta secreta.
La silueta de Klein emergió de nuevo; se ajustó el sombrero y, con expresión perfectamente impasible, siguió andando por la colina sembrada de plantas extrañas.
—Herabogen.
……
—Badhair.
……
—Oumibela.
……
«No hay anormalidad alguna; alrededor de Ciudad de Plata no queda residuo divino correspondiente…
«
Con la gabardina negra balanceándose ligeramente, Klein bajó de la colina y, guiándose por la intuición espiritual, marchó hacia el noroeste, hacia las ruinas de la ciudad-estado de Norse.
A veces daba rodeos, a veces recurría al «Salto de Fuego»; no siguió punto por punto la ruta que se había trazado desde Ciudad de Plata.
……
Audrey, advirtiendo que su poción había digerido un poco más, recurrió con gran ánimo al «Tránsito por los Sueños», dejó la mansión familiar y se adentró en los más diversos sueños de los alrededores.
Sabiendo la situación actual, sentía un fervoroso anhelo de convertirse en semidiosa.
Así, en pleno «tránsito», divisó de pronto a una conocida.
Era una dama de la nobleza con quien mantenía buena relación, de veintinueve años, casada anteaño con un vizconde.
En aquel momento, en la alcoba de la dama caían sin cesar pétalos de rosa; el lecho era de un blanco impecable, sobre él reposaba un par de anillos en forma de corazón; y de la ventana llegaba un toc-toc-toc.
Con las mejillas encendidas, la dama avanzó con paso ligero y abrió la ventana.
Un hombre con máscara de hierro negro y capa oscura saltó dentro, la abrazó y le dijo en voz baja: —Te llevaré lejos del dolor.
Y los dos comenzaron toda clase de abrazos, hasta caer enlazados sobre la cama.
Como «Caminante de los Sueños» empeñada en digerir su poción, Audrey había contemplado ya escenas semejantes y había pasado de la fase del rubor; más de una vez se había maravillado de cuán ricos y desbordantes de imaginación eran los sueños de cada persona. En este momento no perdió la compostura ni un instante; conservó las maneras propias del «Espectador», como quien asiste a una pieza de teatro algo subida de tono.
Tras un breve examen, advirtió un detalle: el hombre de la máscara de hierro negro no era el cónyuge de la dama, sino más bien un joven señor del círculo aristocrático.